TODO EMPEZÓ EN UN CUMPLEAÑOS PELABOLA PORQUE EL SUELDO SE LE
IBA EN ALQUILER. CON LO QUE LE QUEDÓ DE LO QUE LLEVARON HIZO EL MEJOR
DESAYUNO Y VATICINÓ: “VOY A HACER UN RECETARIO QUE SERÁ UN ÉXITO A NIVEL
MUNDIAL”. ¿EXAGERACIÓN? UN POCO. SOLO DIJO: “VOY A HACER UN RECETARIO Y
SERÉ MILLONARIA”
Ella llegó tarde. “Lo voy a poner”. No fue una amenaza, ni siquiera
una advertencia. Fue, e imaginen el tono, casi una súplica. “Ponlo”.
Casi que se encoge de hombros. La frase con la que casi supliqué (lo voy
a poner) la repetí un par de veces, hasta que lo conseguí: “Eso no lo
pongas”. No lo puse. Tengo un secreto de Malú.
Ella llegó tarde. Más de diez minutos, menos de quince. Para ser
coherentes, o fidedignos, o por ganas de joder, retrasaré el principio
de la entrevista unos minuticos, más de dos, menos de tres. Ella
siempre, o casi siempre, entrega en la raya, la rayita del cierre,
cuando ya pensamos que no va a llegar su “Recetario del pelabola”. Lo
último que hace es la ilustración.
Quedamos en la plaza La Concordia. Casi al mediodía. Mata, el fotógrafo,
mordisquea una empanada. Esquina de Hospital, parada de mototaxis,
recostados de la pared, ensuciándola con el zapato derecho. Hay, como es
normal en Caracas, mujeres caminando. Las miro, las admiro, no digo
nada. Bueno, sí digo, pero no a ellas. A Malú le disgustan los piropos.
Lo anoto mentalmente como pregunta. Aquí viene la parte de retrasar la
entrevista: la zona norte de la plaza está cercada. Es simple casualidad
(no quedamos en encontrarnos aquí para decir que la plaza La Concordia
está en remodelación), casualidad que tiene que ver con realidad, con
gestión. Como la remodelación de Parque Carabobo, que tuvo que hacerse
por culpa del “mostro” de Ramo Verde.
Malú llegó tarde (¿ya lo dije?), entró en una tienda para artistas
plásticos y con la tarjeta de alimentación pagó dos pinturas, una negra y
una blanca, a 420 bolos. Me explicó que los que venden baratos los
aguacates no los aceptan. “En mi edificio hay un abasto donde el kilo de
aguacate cuesta 300 bolos y aceptan tarjeta, pero resulta que cerca de
Quinta Crespo están los señores que venden aguacaticos criollos a cien
pero no aceptan la tarjeta, entonces prefiero dejar la plata para
comprar la comida”.
—¿Eres realmente una pelabola?
—No joda, ¡sí! Un pelabola siempre está resolviendo un peo. Estás claro, ¿no?
—Llegaste a 100 recetas.
¿Se va a acabar el “Receta-rio del pelabola”?
—No, no se va a acabar, va a mutar. Te hablo claro: a mí se me está
acabando la imaginación para tanta receta. Estaba pensando, chico,
ponerme a hacer un manual; porque yo hago ropa, hago muñecos, hago
vainas, coso, estoy arreglando el piso del baño de mi casa. Lo que pasa
es que el apartamento se está cayendo. Un día estaba en la playa y dije:
“¡Ay, qué bonitas las piedras!”, y agarré la cava y recogí las más
bonitas, de colores, lisitas, chun, chun, chun. Llegué a la casa, vi un
cemento, abrí una bolsa de arena
—para ese entonces yo usaba arena de ferretería para el gato, que
costaba 25, mientras que la de gato cuesta como mil bolos el saco—,
agarré la ponchera de remojar los trapos, el cucharón de la sopa y
mezclé chan, chan, chan y está quedando bien bonito.
Malú llegó de una actividad de Comunicalle en Barinas y dejó solo a
Tusa, su gato que no está capado. Esa es la razón por la que no pudimos
hacer la entrevista en su casa. Ella es, para decirlo de algún modo, muy
gráfica. Si transcribo todas las onomatopeyas que ella usa con
comodidad, se perderían, porque no es lo mismo leerlas que verla en
acción. De risa fácil y mirada serena, Malú acepta terminar la
entrevista en El Techo de la Ballena. No toma café y es exagerada.
Exageradísima. Tanto que me contagió. Es tan exagerada que, cuando su
verbo onomatopéyico ataca a la grabadora, las y los transeúntes me miran
con conmiseración.
Se mantiene ocupada creando. A veces cose ropa para gente (Tusa quedó
por fuera), hace Comunicalle, escribe en la raya (¿ya lo dije?) el
“Recetario del pelabola” y una columna para Correo del Orinoco (“La
canalla mediática”).
Malú es María Lucía y yo no lo sabía. Su rostro se llena de orgullo
hablando de su padre, José Enrique Rengifo. “Él nació en Caracas pero es
mitad paraguanero, se la pasaba montando caballo…”.
Mi interrupción, permítanme explicarme, fue porque pensé en los traqueos
debido al reciente trabajo del hipódromo (ver Épale CCS N° 128). Pero
eso Malú no lo supo.
—¿Cómo “montando caballo”
—Montando caballo, con una pata de un lado, una pata del otro y
tucutún, tucutún, tucutún —dos o tres transeúntes me miraron como les
dije—. Me pasé buena parte de la infancia montando caballo. Lo extraño
un poquito.
—¿Tu mamá?
—Mi mamá vive en Estados Unidos y es escualidísima.
Otra vez le dije para ponerlo, otra vez dijo que sí. “Pon también: ‘Te quiero mucho, mamá’”.
—¿Cómo visualizas a las y los lectores de Épale CCS? ¿Quiénes son?
—Ay, es todo el mundo, creo. No es que yo diga que esto lo lee todo
el mundo ni nada, sino que lo hace cualquier persona honesta, que no
ande mojoneada. La gente mojoneada que lea el “Recetario del pelabola”
dice: “Esto es una mierdaaaaa”. No digo que ser pelabola es bueno. Digo
que si te tocó, pues échale bola y vive con alegría, resuelve, tripea.
Una resuelve. Lo que es bueno es vivir con alegría, ser feliz, sortear
las adversidades y pasarla bien.
POR GUSTAVO MÉRIDA / FOTOGRAFÍAS MICHAEL MATA
@GUSMERIDA1